Instruir deleitando. Ese es el concepto

19 de octubre de 2013

Yo prefiero la hoguera

Aprovechando que, con  la ayuda de Fernando y la colaboración de Loli, nos hemos pasado a María Antonieta, a Luis XVI y hasta a Robespierre por la guillotina, y dado que estamos estudiando ahora los Derechos Humanos (del Hombre y de la Mujer, como explica Pilar), y teniendo en perspectiva la festividad de Halloween (otra herencia norteamericana), creo que resulta de rabiosa actualidad esta noticia:
¿Quizá debieran usar en Irán la guillotina? Humor negro aparte, parece ser que el propio doctor Guillotin, promotor, que no inventor, del instrumento de afeitar, era contrario a la pena de muerte, y si apoyó el uso de la guillotina fue para humanizar la situación de los condenados. Como cuenta Loli, el ahorcamiento se consideraba antiguamente una forma indigna de morir y el hacha se reservaba para los nobles. Pero ¿hay formas dignas de morir? Quizá la diferencia esté solo en la rapidez. Fijaos en lo que le sucedió a Robert Damiens, el desgraciado que intentó, sin conseguirlo, asesinar a Luis XV en 1757:
Damiens fue condenado a muerte. A la pena más cruel que se aplicaba: quemado y después descuartizado. La sentencia fue cumplida, en esas condiciones particularmente atroces, el suplicio duró horas, ante el pavor de los espectadores. Se dice que cuando le despertaron y le sacaron de la celda para la ejecución, Damiens dijo "La journée sera rude" ("El día va a ser duro"). Primero fue torturado con tenazas al rojo vivo; su mano, sujetando el cuchillo usado en el intento de asesinato, fue quemada con azufre; sobre sus heridas se vertió cera derretida, plomo, y aceite hirviendo. Después de varias horas de agonía, fue puesto en manos del Verdugo Real, Charles Henri Sanson. Se ataron caballos a sus brazos y piernas, pero las extremidades de Damiens no se separaron con facilidad: tras algunas horas más, los verdugos se vieron forzados a cortar los ligamentos de Damiens con un hacha. Tras un nuevo tirón de los caballos, Damiens fue desmembrado para alegría del público, y su torso, todavía vivo según los testigos, fue arrojado al fuego. Los observadores contemplaron, con estupor, la capacidad de las asistentes para seguir hasta el final el suplicio infligido por el verdugo Sansón ayudado por dieciséis asistentes. Después se ordenó que la casa natal del regicida fuera arrasada con la prohibición de volver a edificarla. Su mujer, su hija y su padre fueron expulsados del reino, bajo pena de muerte inmediata en caso de regreso.
En fin, otra opción era la hoguera, esa con la que ajusticiaba la Inquisición, amenazando a Galileo por su defensa del heliocentrismo. Esa misma opción es la que prefiere el músico Javier Krahe:
Yo también prefiero la hoguera, ya se sabe lo que le pasa a los ahorcados, si es que puede uno fiarse de aquel grupo de la movida gallega: Siniestro Total.
Y volviendo al caso de Robert Damiens, su atroz muerte fue la que desencadenó la primera ofensiva contra la pena de muerte y la tortura. Fue el italiano Cesare Beccaria, en 1764, el primero en razonar, como buen Ilustrado, contra la pena de muerte y la tortura. Pero me temo que si resucitara se desesperaría al ver lo poco que ha progresado (el Progreso, ese mito de los Ilustrados) la especie humana. Amén, he dicho.

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